Inteligencia Emocional. Parte 1: Un pequeño juego para hacer en familia

Iniciaremos un grupo de publicaciones dedicadas a cómo podemos, como padres y madres, promover la Inteligencia Emocional en nuestros hijos/as. Obviamente, antes de saber si queremos o no promoverla tendremos que saber qué entendemos por inteligencia emocional:

Sintetizando mucho, podemos definir la Inteligencia Emocional como la capacidad, a nivel intrapersonal, de detectar mis emociones y sentimientos, de valorarme de forma equilibrada (autoconocimiento: autoconcepto y autoestima), de regular mis estados de ánimo y mis implusos… Y a nivel interpersonal, se centraría en la capacidad de relacionarme con las personas que me rodean desde la empatía y la escucha activa, expresando y defendiendo mis ideas e intereses, teniendo a la vez en cuenta las de los demás.

¿Qué hace que sea importante trabajar la Inteligencia Emocional en los niños/as?. Hemos de tener presente que no se nace con un determinado nivel de Inteligencia Emocional, se trata más bien de capacidades que se van adquiriendo y desarrollando a lo largo de la vida y, este aprendizaje, se inicia desde el momento en que nacemos, en la familia. Un adulto con elevada inteligencia emocional ha tenido, en la inmensa mayoría de los casos, un ambiente familiar que ha favorecido que pudiese adquirir esas competencias.

Las personas con competencias emocionales elevadas tienen mayores y más satisfactorias relaciones sociales, se caracterizan por ser optimistas y alegres, manejan las dificultades de forma más efectiva, se sienten bien consigo mismos/as, son valorados/as por las personas que les rodean… ¿no quiere esto cualquier padre o madre para sus hijos?

A lo largo de siguientes publicaciones iremos profundizando en las diferentes capacidades de la Inteligencia Emocional y en cómo podemos potenciarlas desde el entorno familiar. Hoy os proponemos, de forma genérica, como introducción, una primera técnica, sencilla, fácil de aplicar en familia y, a la vez, de gran riqueza y potencial. Trabaja dos aspectos clave en la inteligencia emocional: la autoestima y la detección/expresión de emociones y sentimientos. Al mismo tiempo, favorece la creación de “espacios” familiares en los que poder hablar de lo que hay por debajo de nuestras acciones: las emociones.

Para realizarlo, únicamente necesitamos:

    • Unas fichas de colores (pueden ser fichas de poker, del “conecta 4″…)
    • Un recipiente (vasija, bol, caja grande…)
    • Un saquito, cajita o bolsa pequeña para cada miembro de la familia

El procedimiento es sencillo: las fichas representan las cosas que hacen crecer o disminuir la autoestima de cada una de las personas de la familia. Se sitúan todas en el recipiente grande. Alrededor del mismo, situaremos las bolsitas o cajas individuales, cada una con el nombre de la persona a la que corresponda. Cada noche, en el momento que se decida como el más adecuado, cada uno de los miembros de la familia, de uno en uno, irá dando una ficha a cada persona con la que haya vivido una situación en la que éste o ésta le haya hecho sentir bien, verbalizando dicha situación, por ejemplo: “le doy una ficha a  (un hijo/a) porque me he sentido orgulloso/a de él/ella cuando ha guardado parte de las golosinas que le han dado en el cumple para su hermano”. Esa ficha se guarda en la caja/bolsa de la persona que la recibe. Por otro lado, cada persona se quitará a sí misma una ficha por cada situación en la que alguien de la familia le haya hecho sentir mal, por ejemplo: “me quito una ficha porque hoy me he puesto triste cuando papá me ha gritado”.

Han de tenerse claras tres normas básicas:

  • No puedo quitar fichas a nadie, sólo a mí mismo/a.
  • No puedo coger fichas, sólo regalarlas a otra persona.
  • En ambos casos he de expresar, por un lado, el hecho concreto y, por otro cómo éste me ha hecho sentir (especificar la emoción o el sentimiento específicos)

¿Qué se consigue con esto? En muy poco tiempo, realmente muchas cosas:

  • Expresamos las cosas que nos gustan de los demás (algo que, lamentablemente, estamos poco acostumbrados a hacer). De cara a los niños/as, a quienes solemos señalar más lo que han de cambiar que lo que hacen bien, incrementa enormemente su autoestima y, además, favorece que esas acciones se repitan.
  • No descalificamos las actuaciones de otros “eres un egoísta, contestón, vago…”, sino que expresamos cómo nos hacen sentir a nosotros/as determinadas acciones suyas. Con ello, pasamos de la “etiqueta negativa”, de poner el acento en lo que “el niño es”, de atentar contra su identidad, a focalizar en la acción que realiza (esto se puede cambiar de forma mucho más sencilla que “lo que soy”). Además, ayudamos a que aprendan a empatizar, a darse cuenta de las repercusiones emocionales que en los demás tienen las cosas que hacemos o decimos y les damos el poder y la capacidad de cambiarlo.
  • Les ayudamos a que identifiquen sus emociones y sentimientos, a que se paren a pensar y tomen conciencia de sí mismos/as y, más allá de ello, les entrenamos día a día en la expresión adecuada de los mismos. Esto no se aprende porque alguien le diga al niño/a qué es lo que tiene que decir, sino practicándolo y con alguien que le ayude a hacerlo (que ponga palabras donde ellos/as no las saben poner, que ayude a identificar la diferencia entre acción y emoción…). Cuanta más práctica, más capacidad tendrán para identificar cómo se sienten y para expresarlo adecuadamente. No tardarán en generalizar este aprendizaje a otros contextos: los amigos/as, los compañeros/as de clase, los profesores…

Estuve buscando información en internet sobre esta técnica, que me la contó una buena amiga (gracias, Eva) a quien, a su vez, según me dijo, se la contó una coach belga, el caso es que no encontré nada. Sin embargo, fui a dar con este vídeo, que me resultó muy interesante ¿vendrá de aquí? no lo se, pero parece probable… Debajo os dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=_BuP5XuMZGA

El uso de estrategias de coaching en intervención social

El coaching tiende a asociarse al mundo empresarial y ejecutivo, sin embargo, poco a poco, comienza a tener mayor presencia en el ámbito de la intervención social. ¿Qué puede aportar a los profesionales que trabajan en este área?. Para responder a la pregunta, tal vez, sería interesante recoger primero algunas ideas básicas sobre qué es el coaching:

  • Se trata, ante todo, de un proceso de autodescubrimiento, de toma de conciencia (quién soy, qué potencialidades tengo, qué me limita, de qué herramientas/habilidades/aptitudes… dispongo, qué quiero…)
  • Este autodescubrimiento es guiado por un coach (un profesional que, mediante preguntas, sin juicios y sin indicaciones, me ayuda a ir detectando e identificando)
  • Con ello se consigue que la persona se responsabilice de su situación, sea consciente de lo que realmente quiere, valore las opciones que tiene para conseguirlo, identifique el potencial que no está usando y se ponga en marcha para lograrlo, esto es, se trata de un proceso encaminado a la acción, a una acción consciente y responsable, de quien la persona es su máximo responsable.
Desde esta perspectiva, no es difícil encontrar las primeras diferencias en el ámbito de la intervención social, en el que los/as profesionales tendemos a hacernos responsables de los problemas de las personas con las que trabajamos, tendemos a buscar soluciones, a hacer hipótesis, a dar indicaciones… ¿qué ocurre cuando asumimos la responsabilidad del proceso de la persona que tenemos en frente? básicamente que permitimos que deje en nuestras manos la responsabilidad del éxito o el fracaso del proceso. Nos situamos como “expertos/as” que han de “diagnosticar” qué le ocurre y dar indicaciones para llegar a una solución. Asumimos el peso del proceso y restamos capacidad de toma de decisiones a la persona con la que intervenimos.
¿Qué beneficios puede ofrecer, entonces, seguir estrategias de coaching?
  • Te va a situar, como profesional, en una posición diferente “voy a ayudarte a que encuentres tu solución”.
  • Va a facilitar que puedas, realmente, escuchar a la persona que tienes delante (“yo no tengo la solución para ti, ¿quién mejor que tú puede saber qué opciones y recursos tienes?”)
  • Y, lo más importante, vas a favorecer el empoderamiento de la persona, vas a ayudarle a detectar sus potencialidades, a que ponga en marcha sus propios recursos (no los tuyos, ni los de un manual) y a que se responsabilice de su situación, de su proceso y de la consecución de sus objetivos.

Y… ¿cómo se hace esto?. Sin hacer un curso de coaching, como experimento de iniciación, te proponemos que pongas en práctica dos reglas básicas en algunas de tus intervenciones, para poder observar los resultados:

  1. ESCUCHA ACTIVAMENTE: No juzgues qué te dice la persona que te cuenta su problema, no elabores hipótesis, no pienses qué vas a contestar mientras habla… simplemente, escucha y centra toda tu atención en lo que te está contando.
  2. REDUCE TODA TU INTERVENCIÓN A PREGUNTAR: Sin emitir juicios ni dar opiniones (“esto es normal”); sin dar indicaciones, aunque sean en forma de pregunta (“¿has probado a hacer…?”); sin dar argumentaciones, hipótesis, explicaciones… (“esto te pasa porque…”). Con preguntas abiertas, que hagan pensar, que no sean dirigidas (“entonces… si dices que… y que… ¿no crees que…?”). Las preguntas pueden seguir un orden similar al que te proponemos (recogido del modelo GROW*):
      • En primer lugar, ayúdale a clarificar qué quiere conseguir, qué quiere cambiar, cuál es REALMENTE su objetivo. Detente en este objetivo tanto tiempo como sea necesario: qué hace que quiera conseguirlo, cómo se va sentir cuando lo consiga, qué cambios va a experimentar, cómo va a saber que lo ha conseguido, cuánto de importante es para él/ella conseguirlo…
      • En segundo lugar, pregúntale qué ve en la realidad actual que le indica que ha de hacer cambios en este área. En relación a esto, ayúdale a analizar qué obstáculos encuentra y, uno a uno, ayúdale a pensar cómo puede manejarlos, qué opciones encuentra y, de ellas, cuál puede utilizar. No te olvides de algo fundamental: qué recursos tiene y no utiliza: qué situaciones similares del pasado ha manejado con éxito, qué parte de él/ella puede “sacar la fuerza” necesaria para afrontarlo…
      • En tercer lugar, ayúdale a que piense en las diferentes opciones que tiene. Insiste en ello, que genere alternativas nuevas (no sólo las que ya ha valorado). Para ello, pregunta tantas veces como sea necesario: “¿y qué más?”. Ayúdale mediante preguntas a que evalúe dichas alternativas.
      • Finalmente, centrare en preguntar qué va a hacer como primer paso, cómo y cuándo, concretando lo máximo posible.

Te animamos a que, si lo pones en práctica, comentes los resultados de este experimento y las diferencias que hayas podido encontrar.

*Para más información sobre el modelo GROW, te sugerimos que revises la publicación de John Whitmore: Coaching. El método para mejorar el rendimiento de las personas. Editorial Paidós Empresa. 2011.