¿Emociones positivas y emociones negativas?

INTELIGENCIA EMOCIONALHablar de emociones positivas y emociones negativas es hablar del juicio que hacemos de las mismas, es decir, de nuestra opinión subjetiva sobre ellas. La RAE, define juicio, en su primera acepción, como “facultad del alma, por la que el hombre puede distinguir el bien del mal”. Por tanto, calificar una emoción como negativa, es hacer el juicio de que es malo experimentar esa emociónY ¿qué tendemos a hacer con las cosas que son “malas”?: evitarlas, suprimirlas, anularlas, extinguirlas, deshacernos de ellas…

Veamos un ejemplo:

Un niño llora y expresa que está triste porque, al mudarse de casa, ha tenido que cambiar de colegio, ahora no conoce a nadie y echa de menos a sus antiguos amigos.  ¿Qué le dirías?, ¿a que acierto si lo que se te ocurre es buscar todas los aspectos positivos posibles de esta nueva situación? (“no te preocupes, harás amigos nuevos enseguida”, “¡qué suerte que ahora vas a conocer a más gente!”, “verás como en unos días estás tan contento como antes”…). Naturalmente, lo hacemos con nuestra mejor intención, queremos lo mejor para él, pero… ¿qué está recibiendo este niño de nosotros?:

  1. La idea de que no es bueno sentirse como lo está haciendo
  2. La idea de que tiene que cambiar esa emoción, es mala, no está bien sentirla
  3. La idea de que, aunque la sienta, no es adecuado expresarla: vamos a convencerle para que acabe expresando lo contrario a lo que siente. Recibe el mensaje “de esto no se puede hablar”.
  4. La idea de “lo que estás sintiendo no es real”, la realidad es esta otra. El niño no se siente comprendido y duda de sus vivencias, de su interpretación de la realidad.

Cuando somos pequeños expresamos nuestras emociones sin juicio, pero poco a poco vamos aprendiendo que hay algunas emociones que no debemos tener, que no debemos expresar, de las que no se puede hablar y de las que tenemos que deshacernos. Este aprendizaje pronto nos lleva a catalogar ciertas emociones como positivas (buenas) y, otras, como negativas (malas). Las malas se reprimen, no existen y no se expresan.

Sin embargo, reprimir una emoción no significa que desaparezca, seguirá estando ahí, pero con una consecuencia añadida: tratar de no mirarla NOS RESTA CONTROL SOBRE ELLA. Si no me permito identificarla y expresarla, no podré manejarla y será la emoción la que terminará tomando el control de nuestras acciones. ¿Cuántas veces has sentido que has perdido el control en alguna situación y has acabado diciendo/haciendo algo que no querías decir/hacer?. Cuanto más tratamos de reprimir una emoción, cuanto más peleamos por hacerla desaparecer, más grande se hace y mayor control toma sobre nuestros actos (restando nuestro control consciente). Explotamos con una pequeña gota que colma el vaso. ¿Es esta reacción proporcional a la situación? ¿o está saliendo en ella todo “lo acumulado” que no hemos expresado y manejado adecuadamente?.

Cuando dejemos de juzgar nuestras emociones, cuando dejemos de catalogarlas como positivas o negativas, comenzaremos a permitirnos vivirlas, entenderlas, expresarlas e INCREMENTAREMOS EL CONTROL SOBRE ELLAS.

Todas las emociones tienen una función, son mecanismos que aseguran nuestra supervivencia. ¿Para qué sirve, por ejemplo, el miedo?. El miedo nos alerta ante una situación de peligro. ¿Te has planteado qué ocurriría contigo si no fueses capaz de sentir miedo? ¿en cuántas situaciones el miedo ha asegurado tu supervivencia? ¿en cuántas situaciones de riesgo te habrías puesto si el miedo no hubiese cumplido su función?. Por otro lado, todas las emociones nos envían un mensaje. En el caso del miedo, el mensaje es “has de estar alerta”.

¿Y el enfado? ¿para qué nos sirve?. Si no fuésemos capaces de enfadarnos, no delimitaríamos nuestro espacio, permitiríamos cualquier agresión externa sin inmutarnos. El enfado nos envía el mensaje de “defiende tu espacio”.

Lo mismo ocurre con la tristeza, que habla siempre de una pérdida (pérdida de un sueño, de un ser querido, de un objetivo…). La tristeza nos ayuda a hacer el duelo necesario para asimilar esta pérdida, darle significado y llevar a cabo los reajustes psicológicos necesarios para poder seguir adelante. Nos envía el mensaje de “para, reflexiona, elabora  y reajusta para poder continuar”.

Cuando no identificamos, cuando no expresamos y cuando tratamos de “tapar”, terminamos abandonándonos a la emoción y, es en ese momento, cuando el miedo se transforma en ansiedad, el enfado en furia o ira y la tristeza en depresión.

silencio2 copiaNecesitamos todas y cada una de nuestras emociones en momentos determinados de nuestra vida. El hecho de que las circunstancias que las provocan sean más o menos agradables, no significa que la emoción sea negativa. Tal vez, en ocasiones, no podamos cambiar las circunstancias, pero TOMAR CONTROL SOBRE NOSOTR@S MISM@S Y NUESTRAS EMOCIONES, sí va a condicionar el desenlace de dichas circunstancias, nos va a permitir MANEJARNOS  adecuadamente en ellas.

NECESITAMOS LLEVAR A CABO UN REAPRENDIZAJE EMOCIONAL, desmontar lo aprendido en este sentido desde la infancia y empezar a tomar conciencia de nuestras emociones sin juzgarlas, para, así, ser capaces de gestinonarlas eficazmente y lograr mayor control sobre lo que queremos. Decirle al niño que ha cambiado de colegio “es normal que te sientas triste, ¡cómo no vas a estarlo!”, no es incrementar su tristeza, es ayudarle a reconocer e identificar lo que siente, ponerle nombre, normalizar que experimente estas emociones en estas circunstancias… Si puede reconocer y expresar sus emociones, podrá manejarlas. Podremos entonces buscar mecanismos efectivos que le ayuden a afrontar adecuadamente esta situación (“podemos llamar a tus antiguos compañeros siempre que quieras”, “podemos ir a verles”, “puedes contarme cómo estás siempre que necesites”…) Y, de esta forma, hablando de lo que ha perdido, observar el futuro “sin la carga del pasado”, evitando que la tristeza, a fuerza de negarla, se transforme en rabia o depresión.

IE niños

Lo mismo ocurre cuando a un niño o niña le permitimos hablar del enfado y de lo que provoca el enfado. Cuando le ayudamos a poner palabras a lo que está sintiendo (“lo que te pasa es que estás enfadad@”). Esto pone el foco en lo que realmente ocurre, en su emoción y lo que hay detrás de ella, no en las consecuencias visibles de la misma: las acciones.

Como Goleman decía, la autoconciencia es la piedra angular de la Inteligencia Emocional. Ser emocionalmente inteligentes no es otra cosa que saber identificar, expresar y gestionar nuestras emociones, manejándonos adecuadamente con la ajenas. ¿Te apuntas al reaprendizaje?.

Cuento para pensar: Galletitas. Jorge Bucay

A una estación de trenes llega una tarde una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.
Por toda respuesta, el joven sonríe… y toma otra galletita.
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.
Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. ” No podrá ser tan caradura”, piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.
Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.
– ¡Gracias! – dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
– De nada – contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.
El tren llega.
Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: ” Insolente”.
Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas…  ¡Intacto!

Jorge Bucay.