Inteligencia Emocional. Parte 2: Ayudando a nuestros hijos/as a tomar conciencia de sí mismos/as

Una de las competencias básicas de la Inteligencia Emocional es el autoconocimiento, es decir, la toma de conciencia sobre uno/a mismo/a, detectar y entender qué me hace actuar de una determinada forma, qué sentimientos mueven esas acciones, cuáles son mis potencialidades, habilidades… y cuáles mis obstáculos personales. Se trata de poder tener una visión realista de uno/a mismo/a. El autoconocimiento es la base de la autoestima.

Pensemos por un momento ¿qué nivel de autoconocimiento tienen los niños/as? ¿de dónde les llega la información sobre cómo reaccionan, cómo actúan…? ¿de ellos/as mismos/as o del mundo adulto?. La formulación de la pregunta lleva la respuesta implícita en sí misma y ésta es la base del presente artículo: la inmensa mayoría de la información que los niños/as tienen sobre sí mismos/as les llega del exterior, les decimos cómo son, qué hacen bien, qué tienen que mejorar… Lamentablemente, además, tendemos a  señalar más esta última parte (lo que tienen que mejorar) que lo que hacen bien (que se da “por supuesto” o que, en ocasiones, pensamos que no hay nada que decir porque “sólo cumplen con lo que debe ser”). Y no sólo eso, sino que, además, es frecuente escuchar estas propuestas de mejora no como tales, sino identificándolas con lo que el niño o la niña ES: “eres un vago” ,”eres un egoísta”, “eres un desobediente”, “eres un protestón”…

Resumiendo y relacionando conceptos: si la forma principal en que los niños/as se conocen a sí mismos/as es a través de lo que les decimos, si la información que reciben en este sentido está más centrada en lo negativo y si, además, les decimos con ello LO QUE SON… ¿qué tipo de autoconcepto tendrán? ¿cómo será su autoestima?. Muchos padres y madres me han dicho en diversas ocasiones “si no digo a mi hijo que es un protestón ¿cómo se va a dar cuenta y cómo va a poder cambiarlo? se lo digo porque le quiero, para que cambie”. Lo curioso es que, a pesar de que sea desde el cariño y desde la mejor intención, conseguimos el objetivo contrario: el niño/a se siente descalificado/a y, con ello, en ocasiones, “no querido/a”; provocamos que identifique esto que tanto le repetimos con algo suyo, propio y, además, no le ayudamos a pensar cómo poder cambiarlo, por lo que, incluso, reforzamos este comportamiento.

Os hacemos una serie de sencillas propuestas que, como padres, podéis tener presentes para ayudar a vuestros/as hijos/as a que generen una adecuada y positiva imagen de sí mismos/as:

Evitad identificar “con lo que SON” aspecto negativos. Con ello sólo conseguimos que los niños/as se identifiquen con algo difícil de romper, que configuren su identidad en torno a características negativas, que esto se convierta en “su etiqueta identificativa” y se comporten de esta forma en todos los ámbitos.

En lugar de ello, devolved los comportamientos a cambiar como algo, no que les identifique, sino asociándolo a las situaciones concretas“cuando no compartes con los amigos/as (situación concreta que puede ser y ha sido diferente en otros momentos) no me gusta cómo te veo (mi percepción y la emoción que esto genera en mi, no “como el niño/a es”)  y ¿qué ocurre?  (ayudadle a que piense y a que exprese las consecuencias que esto tiene) te quedas solo, no quieren jugar contigo, estáis enfadados… ¿te acuerdas el otro día cuando bajaste todos tus coches y jugasteis todos? ¿cómo lo pasásteis? ¿cómo te gusta más estar?”. Recordad situaciones en las que el niño/a ha actuado al contrario y ayudadle a ver las consecuencias positivas de ello. De esta forma, le dais el poder y la posibilidad de cambiar sus acciones, percibe que puede decidir cómo quiere hacerlo y que, además, sabe hacerlo de otra forma, en lugar de encasillarle en una característica que terminará asumiendo como propia a fuerza de escucharla una y otra vez.

Ayudadle con preguntas a que descubra e identifique sus características positivas, sus potencialidades. Cuando es él mismo quien lo identifica y lo expresa, pasa a formar parte de su identidad y, una vez integrado, es ya una característica que se convierte en una habilidad, una destreza, una fortaleza… una forma de actuar propia. Éste es el objetivo: que como padres, podamos ayudar a nuestros/as hijos/as a identificar y poner en funcionamiento todo su potencial, generando con ello una base sólida en autoconcepto y autoestima que les ayude a crecer como personas. En las siguientes publicaciones abordaremos ejemplos concretos, en diversas situaciones, que ayuden a profundizar en este punto.

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Inteligencia Emocional. Parte 1: Un pequeño juego para hacer en familia

Iniciaremos un grupo de publicaciones dedicadas a cómo podemos, como padres y madres, promover la Inteligencia Emocional en nuestros hijos/as. Obviamente, antes de saber si queremos o no promoverla tendremos que saber qué entendemos por inteligencia emocional:

Sintetizando mucho, podemos definir la Inteligencia Emocional como la capacidad, a nivel intrapersonal, de detectar mis emociones y sentimientos, de valorarme de forma equilibrada (autoconocimiento: autoconcepto y autoestima), de regular mis estados de ánimo y mis implusos… Y a nivel interpersonal, se centraría en la capacidad de relacionarme con las personas que me rodean desde la empatía y la escucha activa, expresando y defendiendo mis ideas e intereses, teniendo a la vez en cuenta las de los demás.

¿Qué hace que sea importante trabajar la Inteligencia Emocional en los niños/as?. Hemos de tener presente que no se nace con un determinado nivel de Inteligencia Emocional, se trata más bien de capacidades que se van adquiriendo y desarrollando a lo largo de la vida y, este aprendizaje, se inicia desde el momento en que nacemos, en la familia. Un adulto con elevada inteligencia emocional ha tenido, en la inmensa mayoría de los casos, un ambiente familiar que ha favorecido que pudiese adquirir esas competencias.

Las personas con competencias emocionales elevadas tienen mayores y más satisfactorias relaciones sociales, se caracterizan por ser optimistas y alegres, manejan las dificultades de forma más efectiva, se sienten bien consigo mismos/as, son valorados/as por las personas que les rodean… ¿no quiere esto cualquier padre o madre para sus hijos?

A lo largo de siguientes publicaciones iremos profundizando en las diferentes capacidades de la Inteligencia Emocional y en cómo podemos potenciarlas desde el entorno familiar. Hoy os proponemos, de forma genérica, como introducción, una primera técnica, sencilla, fácil de aplicar en familia y, a la vez, de gran riqueza y potencial. Trabaja dos aspectos clave en la inteligencia emocional: la autoestima y la detección/expresión de emociones y sentimientos. Al mismo tiempo, favorece la creación de “espacios” familiares en los que poder hablar de lo que hay por debajo de nuestras acciones: las emociones.

Para realizarlo, únicamente necesitamos:

    • Unas fichas de colores (pueden ser fichas de poker, del “conecta 4″…)
    • Un recipiente (vasija, bol, caja grande…)
    • Un saquito, cajita o bolsa pequeña para cada miembro de la familia

El procedimiento es sencillo: las fichas representan las cosas que hacen crecer o disminuir la autoestima de cada una de las personas de la familia. Se sitúan todas en el recipiente grande. Alrededor del mismo, situaremos las bolsitas o cajas individuales, cada una con el nombre de la persona a la que corresponda. Cada noche, en el momento que se decida como el más adecuado, cada uno de los miembros de la familia, de uno en uno, irá dando una ficha a cada persona con la que haya vivido una situación en la que éste o ésta le haya hecho sentir bien, verbalizando dicha situación, por ejemplo: “le doy una ficha a  (un hijo/a) porque me he sentido orgulloso/a de él/ella cuando ha guardado parte de las golosinas que le han dado en el cumple para su hermano”. Esa ficha se guarda en la caja/bolsa de la persona que la recibe. Por otro lado, cada persona se quitará a sí misma una ficha por cada situación en la que alguien de la familia le haya hecho sentir mal, por ejemplo: “me quito una ficha porque hoy me he puesto triste cuando papá me ha gritado”.

Han de tenerse claras tres normas básicas:

  • No puedo quitar fichas a nadie, sólo a mí mismo/a.
  • No puedo coger fichas, sólo regalarlas a otra persona.
  • En ambos casos he de expresar, por un lado, el hecho concreto y, por otro cómo éste me ha hecho sentir (especificar la emoción o el sentimiento específicos)

¿Qué se consigue con esto? En muy poco tiempo, realmente muchas cosas:

  • Expresamos las cosas que nos gustan de los demás (algo que, lamentablemente, estamos poco acostumbrados a hacer). De cara a los niños/as, a quienes solemos señalar más lo que han de cambiar que lo que hacen bien, incrementa enormemente su autoestima y, además, favorece que esas acciones se repitan.
  • No descalificamos las actuaciones de otros “eres un egoísta, contestón, vago…”, sino que expresamos cómo nos hacen sentir a nosotros/as determinadas acciones suyas. Con ello, pasamos de la “etiqueta negativa”, de poner el acento en lo que “el niño es”, de atentar contra su identidad, a focalizar en la acción que realiza (esto se puede cambiar de forma mucho más sencilla que “lo que soy”). Además, ayudamos a que aprendan a empatizar, a darse cuenta de las repercusiones emocionales que en los demás tienen las cosas que hacemos o decimos y les damos el poder y la capacidad de cambiarlo.
  • Les ayudamos a que identifiquen sus emociones y sentimientos, a que se paren a pensar y tomen conciencia de sí mismos/as y, más allá de ello, les entrenamos día a día en la expresión adecuada de los mismos. Esto no se aprende porque alguien le diga al niño/a qué es lo que tiene que decir, sino practicándolo y con alguien que le ayude a hacerlo (que ponga palabras donde ellos/as no las saben poner, que ayude a identificar la diferencia entre acción y emoción…). Cuanta más práctica, más capacidad tendrán para identificar cómo se sienten y para expresarlo adecuadamente. No tardarán en generalizar este aprendizaje a otros contextos: los amigos/as, los compañeros/as de clase, los profesores…

Estuve buscando información en internet sobre esta técnica, que me la contó una buena amiga (gracias, Eva) a quien, a su vez, según me dijo, se la contó una coach belga, el caso es que no encontré nada. Sin embargo, fui a dar con este vídeo, que me resultó muy interesante ¿vendrá de aquí? no lo se, pero parece probable… Debajo os dejo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=_BuP5XuMZGA